Sin los relatos los nuevos barrios quedan desiertos. Por las historias los lugares se tornan habitables. Habitar es narrativizar. Fomentar o restaurar esta narratividad es, por tanto, una forma de rehabilitación. Hay que despertar a las historias que duermen en las calles y que yacen a veces en un simple nombre, replegadas en ese dedal como las sedas del hada. Son las llaves de la ciudad: dan acceso a lo que ésta es, una visión mítica, una mitología.
M. de Certeau, Apuntes para una noción de barrio
La conformación de un nuevo barrio
Cuando Misiones no era Misiones todavía, el rumor del oro verde incentivó a Víctor Mutinelli a viajar para estas ricas tierras, ideales para su hijo Vittorino Vicenzo Giuseppe recién recibido de ingeniero. Padre e hijo llegan en el año 1922 y compran 2000 hectáreas en el pueblo de Garupá y cuarenta y ocho propiedades en Posadas. Años después estas tierras serian los barrios Aguacates, Villa Sarita, parte de la Bajada Vieja y el campo La Dolores en las cercanías del aeroclub.
“Las tierras se los compraron a un señor de apellidos Días … él no quería tener tierras en Misiones, a el le habían pagado con esas tierras. Él, que había sido Gobernador de Misiones, Don Rudesindo Roca, era un gran jugador y tenia grandes deudas de juego. Resulta que como era muy amigo de don Días, le prestó dinero que después Roca no le pudo devolver entonces le pago con las tierras que de alguna manera el había obtenido acá en Misiones, en la época que los gobernantes se repartían las tierras. Entonces así, sin querer, porque primero compraron Garupá, pero después Don Díaz, le insistió tanto a mi abuelo, porque quería deshacerse de esas tierras, si esto era la nada”. (Elina Ortiz Pereyra)
Don Víctor crea una sociedad “Víctor Mutinelli e Hijos”, a través de ella comienzan un negocio inmobiliario y comienzan a vender las tierras de Villa Sarita. A sólo centavos por mes gente de humildísimo origen pudo tener su techo,
“… muchas veces ni terminaban de pagar, pero en esa época era así, además todo era de palabra, no existía el contrato, por ahí la gente no tenia dinero para pagar la escritura, entonces nunca escrituraron después muchos años mas tarde”. (Elina Ortiz Pereyra).
Pegado a Villa Sarita estaba (está) el barrio Aguacates, era utilizado como carrería municipal. Todas las tardes los carros descansaban en el terreno, luego de haber repartido agua a los pobladores, agua que se guardaba en los aljibes que luego se bombeaba a mano.
Allí en ese terreno, ubicado en el borde de Posadas, a orillas del río Paraná, solo, en la nada, había una casa. El arquitecto Emilio Fogeler fue el primero en construir su casa en esas tierras. Luego llegaría la familia Yamaguchi y un pariente de Victor Mutinelli.
La casa de Fogeler, ubicada frente a lo que es hoy la Capilla San Roque, tenía en su jardín un árbol exótico, un aguacatero, colgado de su copa orondos, sus frutos, los aguacates. Ellos prestaron su nombre al barrio. Fogeler es además del primer habitante del barrio, su autor intelectual y el primero en realizar la división del terreno. El arquitecto comentaba a sus conocidos sobre lo privilegiado de su ubicación, sobre la tranquilidad que lo inundaba todo.
Tiempo después Vittorino Mutinelli lotea el terreno y realiza el trazado definitivo en base a lo hecho por Fogeler, tomándolo como un barrio parque.
“Hizo dos o tres bosquejos muy caprichoso debido al desnivel del terreno en barranca con el rió Paraná y entonces hizo manzanas que son trapecios con un lado circular, elipsis, óvalos, plazoletas triangulares como que las hay, hay manzanas raras que son trapecios con un lado circular y el otro cuneiforme porque da con la barranca del rió Paraná. Fue un capricho de él, él jugo… Se le ocurrió y me lo contó, se reía cuando me lo contó, en lápiz están todos los ángulos… jugo y jugo y ya vez, hizo cualquier cosa. Es una clase de geometría, de euclidiana magistral”. (Cristian Edgeler)
Y nació el barrio, quedando contenido dentro de las calles Sargento Cabral, la avenida Gobernador Roca y la calle que limita con el anfiteatro Manuel Antonio Ramírez. Del otro lado, todavía azul, el río Paraná.
En 1955 la sociedad familiar de los Mutinelli ponen a la venta los lotes. La gente empezó a hacerse sus casitas gracias a los préstamos del Banco Hipotecario. Estos préstamos fueron bautizados con los nombres Juan Perón y Eva Perón y cada uno acreditaba a un modelo de casa levemente diferente entre sí.
“El barrio los Aguacates estaba conformado en su mayoría por maestros que sacaban un crédito a treinta años en el Banco Hipotecario, en ese entonces en el año 1974 cuando yo tenia 15 años o antes, 73 o 72 un maestro ganaba 70 mil pesos, era mucha plata, mantenía un auto, un Fiat, se iban de vacaciones a Mar del Plata y mantenían una casa en los Aguacates… “(Cristian Edgeler)
“Con el tiempo la gente las fue mejorando y ampliando, arreglando, después de muchos años se empezaron a edificar las grandes casas, pero el comienzo de los Aguacates fue así un comienzo de casas modestas. Eran toda gente conocida, era la época en que no poníamos llaves, los niños se juntaban todos a jugar en las veredas, en los terrenos baldíos, era otro mundo”. (Elina Ortíz Pereyra)
Primero fueron cuatro, luego veinte y tantas familas las que se mudaron al flamate barrio. Las casitas de los planes sumaban ladrillos tras ladrillo. Los únicos requisitos eran que las casas tuvieran techos de tejas, jardín y setos vivos en vez de muros.
La vida en el barrio: practicar el barrio
La calle, el barrio todo a la siesta era tomado por los chicos. Mientras los padres dormían la siesta religiosamente y creían que sus hijos también dormían, los niños se escabullían por donde podían y ganaban la calle. Afuera, la siesta no valía, era salir al árbol a tomar tereré, a la canchita, al rió, a correr, a jugar a la pelota, a transpirar el barrio, a hacerlo propio.
“Jugábamos al fútbol. Cuando llovía la joda era salir a caminar descalzo por las cunetas o cazar renacuajos, ranitas. Después mas adelante era sacar el auto de los papas y salir a patinar. Cuando había barro chocar contra algún árbol del barrio, eso era normal, jugar a las escondidas con los autos, yo con quince años jugaba a las escondidas…” (Cristian Edgeler)
Los vecinos cumplían el rol de tíos postizos, autorizados para restablecer el orden y la armonía entre los niños. Los vecinos, eran como las niñeras de ahora, pero sin horarios, sin sueldo, con ganas y responsabilidad. Siempre en la calle se corría el riesgo de ligar algun “chipai” si uno se portaba mal.
“ Nos mandábamos un cagadón, estábamos peleando y venían, comíamos la garroteada de uno de nuestros tíos y estaba todo bien, por supuesto pela de barrio” (Cristian Edgeler).
La Parroquia San Roque era otro lugar de reunión. Allí se realizaban las quermeses. Desde los tradicionales juegos como el toro candil y el cruce de brazas, hasta el tiro al blanco con aire comprimido, se vivían en las quermeses de la Parroquia San Roque. En la canchita del colegio Verón de Estrada que queda pegada a la Parroquia, los chicos se juntaban a patear la pelota,
“Jugábamos al fútbol ahí, perdimos mas de un diente… “. (Cristian Edgeler)
El barrio tenía un plus, un centro de reunión con la mejor vista: el club social Aguapé. La idea fue de Don Enrique Frost, un vecino del barrio, allá por el año 1965. El club era el punto de reunión de todo el barrio. El club estaba donde hoy es entre Nicomedes y la Avenida General Roca. Anteriormente fue un internado de alguna Iglesia Protestante, era donde vivían niños que venían del interior para poder ir a la escuela, después quedo vació. De forma una comisión y se compra ese terreno. Era casi todo campo, tenia una muralla al rió, la muralla llegaba justo al borde del agua.
“..Jugar al cachao, ir a pescar, nadar, jugar al fútbol en el Aguapé, si llovía mejor, horas y horas hasta terminar acalambrados que no dábamos mas y de ahí al rió, ahí no nadábamos porque sabíamos que si nadábamos moríamos, ahí en la costita. A la noche organizar pesca, ir a cazar sábalos -un pez que duerme en lo horrilla-a la costa del rió con la petrocac. Tambien llevabamos nuestro juguito, a veces un vinito, no tomábamos, raro, nadie fumaba, éramos más sanos”. (Cristian Edgeler)

Victor Mutinelli y flia. Villa Angela: casa de los Mutinelli Vitorrino con su esposa Angela, hijas y nietas
El barrio se transforma: de la casa al chalet
El barrio crece con el correr de del calendario. Más gente compra más terrenos, otros agrandan sus casas, otros recién llegados las compran, las derriban y construyen de cero caserones. El barrio paso de tener las modestas casitas del plan Evita y Juan Perón a orgullosos chalets.
En el fondo resisten las casitas compradas en cuotas. Hoy todavía si se pasa por Sargento Cabral se mantienen de pie algunas cuantas.
“Antes que era de familias conocida ahora que con todo el avance del tiempo es como se que se cambiando ya digamos hay nuevos propietarios, nuevas generaciones, pero siempre apuntando a que “fue la casa de fulano” o gente que por ahí vivían en casas más pequeñas y hay tenido hijos y se mudan siempre en el mismo barrio pero a casas mas grande. Familias conocidas que se han ido de una casa o de un digamos de una cuadra a otra. Siempre dentro del barrio. O por ejemplo hijos de familiares que quieren frente a sus padres o próximos, los Arrechea. Los Nosiglia, los Freaza, Mazza”. (Maria Emma Rivero y Hornos)
El barrio mutó, lentamente con cada ladrillo, paso de clase media a clase, digamos, acomodada. Desde la década del ochenta en adelante, el barrio comenzó a subir su cotización. Cada metro cuadrado se hacía sentir, pero para algunas familias no significó ningún obstáculo habitarlo. Una casa en el barrio era una muestra más del status alcanzado.
La casa grande de techos inclinados, ya no fue la única. El segundo que construyo su casa fue Vitorino Mutinelli, luego llegarían las de las familias Mazza, Zapiola, Colombo, Frost, Siry, por nombrar algunos. Así poco a poco fue cambiando la arquitectura de Aguacates.
Un dato que hoy nos resultaría curioso es que la ciudad de Posadas vivía de espaldas al rió. Antes, hace veinte años, el rió era un lugar de paseo, pesca, hacer deportes, nadar y pasear en canoa. Tuvo que llegar la gente de otras provincias para que el rió subiera su cotización.
“.. Yo vine de Buenos Aires en el 75 o 76 no me acuerdo, la gente ya venia de afuera y veía con otros ojos, si vos querías andar en lancha en Buenos Aires tenias una hora de tren y acá en cinco minutos estabas en el agua…” (Carlos Rivero y Hornos)
Con los años, seria justamente el rió uno de los factores primordiales para la cotización del barrio. La “vista al rió” fue un nuevo nicho a explotar a la hora de vender. Mirar al rió, sentirlo ahí cerquita, tenerlo como parte de la casa fue (y es) un símbolo de status, un verdadero privilegio.
Puertas adentro
Por el fondo de la casa, la gente se abrió al rió. Por delante de la casa la gente se cerro a la gente, al vecino, al barrio, a todos. Muros y alarmas por fronteras. Las casas se convierten en búnkers, el barrio se cierra, se repliega sobre si, las calles no se pisan, del garaje a la calle y de la calle al garaje, el contacto con los vecinos es el mínimo imprescindible, un saludo con la mano desde el auto o un bocinazo a lo sumo. La puerta que antes abría, ahora cerrada protege. A la casa se le suman muros, rejas, alarmas, perros, cámaras y guardias de seguridad. La seguridad pasa a ser un objeto de consumo más.El umbral que preanuncia de un lado la infinitud de lo público y del otro la intimidad. La intimidad vivida como refugio de las miradas del “mundo exterior”.
Puertas adentro las familias se repliegan sobre si. Cada uno va en búsqueda de sus intereses privados, con el fin de lograr una mejor vida, vida que será exhibida a los demás en forma de un nuevo auto, viajes, fiestas, ropa, joyas y cualquier otro articulo de lujo. No queda ya tiempo para charlar con el vecino, para compartir con el como años atrás. Así las calles del barrio quedan vacías, sin grandes, sin chicos, sin vida. La televisión, la play station e inernet reemplazaron a los juegos de antes.
“Hoy día mis hijas con el montecito no sabrían que hacer, son cibernéticas totales, metálicas, les hablas de la carpa y piensan que es un termino griego. Además son otros tiempos, tenemos miedo y con justificación de todo, cambio la gente, cambio el mundo…” (Renzo Pascualini)
Si bien la exclusión social existente en los espacios residenciales de las ciudades no es un fenómeno reciente, sino más bien constituye una característica inherente al hecho urbano. El encerrarse es hoy una constante.
Si antes el barrio actuaba en el imaginario social como un “cinturón protector” del hogar, hoy ese cinturón pareciera deshacerse ante la inseguridad. El barrio queda casi desierto, vigilado por las cámaras y el personal de seguridad. Puertas adentro, las familias, las recién llegadas y las de siempre.
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